El cofre de marfil

Hace muchas, muchas lunas, no muy lejos de aquí, una joven soñaba con el agua. Miraba el mar chocar contra las rocas desde su balcón, y ansiaba sumergirse en él, sentir la frescura sobre su pálida piel y el sabor salado del agua en sus labios. Mas esa joven se hallaba encerrada y no podía escapar. La puerta de su dormitorio se hallaba siempre abierta, y justo frente al balcón había un sauce del que podría descolgarse hasta el suelo. No había ninguna cerradura, ni grilletes ni cadenas, que impidieran que la doncella saliese de allí. Pero si ponía un pie fuera de aquél dormitorio, moriría.

Su carcelero, un pescador que se había enamorado de ella años atrás, y que, desde aquel instante, intentó cortejarla, al no conseguirlo, la secuestró y le robó su posesión más preciada: su corazón. Mediante artes oscuras consiguió extraerlo del pecho de la joven, y encerrarlo en una caja de marfil, que debía estar a menos de 10 metros de su propietaria, o aquélla moriría.

Por lo tanto, nuestra joven doncella se había resignado al dolor, al sufrimiento… y sólo soñaba con el mar… con el mar y con algún valiente caballero que sería capaz de robar su corazón y devolvérselo, para que ella pudiera ser libre.

Fueron pasando los días, los meses… y después los años. Al principio, nadie intentó ayudarla, pues a la gente le daba igual que nuestra apenada doncella estuviera sufriendo, pero, en un momento determinado, muchos fueron los que trataron de rescatar el corazón robado. Mas ninguno lo consiguió. Una vez, un joven avispado estuvo cerca, pero finalmente la locura pudo con él, nada más tocar el cofre de marfil, todos los sentimientos más profundos de la joven penetraron en él, y perdió la razón. Le han visto vagabundeando por los muelles, murmurando incoherencias acerca del amor…

Cuando la joven doncella estaba a punto de perder la esperanza, y planeaba arrojarse al mar para que las rocas terminaran con su lenta agonía… un muchacho distraído pasó bajo su balcón y la escuchó suspirar.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás triste?

Sorprendida, la doncella contestó sin pensarlo:

- Estoy triste porque me han robado el corazón.

El muchacho se quedó pensativo unos minutos. Cuando parecía que se había olvidado del asunto, exclamó:

- ¡Ya está! Soy muy bueno negociando, puedo hablar con el ladrón y ofrecerle algo a cambio.

La doncella sonrió. Por un momento había pensado que este podría ser el chico, pero estaba equivocada. ¿Negociar? ¿Qué podría ofrecerle a cambio de su corazón? No entendía cómo había tenido esperanzas si evidentemente ese chico no…

-¿Me dejas subir?

- Claro, sube y habla con él, pero dudo mucho que te escuche – la joven se apartó a un lado, mientras él escalaba el sauce. Una vez estuvo arriba, se quedaron mirándole a los ojos un rato -. Bueno… ahora mismo él no está por aquí, vuelve siempre al anochecer.

- No quería hablar con él, no ahora.

- ¿Entonces?

El chico no contestó, ni siquiera apartó la vista. Se había quedado de pie en el mismo punto, sin moverse un centímetro, mirándola a los ojos. Ella se empezó a sentir incómoda, se ruborizó, pero tampoco podía apartar la vista. Lo más extraño, es que esos ojos de color avellana le sonaban de algo…

- ¿No me recuerdas? Solíamos jugar juntos antes de que te robaran el corazón, tú me ayudabas a saltar entre las rocas y yo una vez pesqué un cangrejo para tí…

- Y te hice devolverlo al mar.

Él sonrió… pese a que había desaparecido, nunca se había olvidado de la joven, su mejor amiga y compañera de juegos. Había pasado los últimos años buscándola. Ella, en cambio, tan sólo recordaba fragmentos sueltos de su niñez, pues la mayoría de sus recuerdos eran afectivos, y su corazón estaba alejado de ella…

El pescador volvió a casa puntual, como siempre, y mantuvo una breve e intensa charla con el muchacho. Cuando terminaron, el muchacho cogió el cofre de marfil, y tomó a la joven doncella de la mano, abandonando por fin su cautiverio. Ella, que no había escuchado la conversación, esperó a que estuvieran alejados y le preguntó qué había ocurrido, por qué había sido tan fácil.

- Aquél pescador te robó el corazón, pero no te pertenecía. Esto – señaló el cofre – siempre ha sido mío, y como propietario legítimo tengo derecho a reclamarlo.

- ¿Significa eso que ahora soy tu prisionera?

- Ni mucho menos. Significa que te lo guardaré para que no te hagan daño, y tú a cambio, guardarás el mío. ¿Te parece un buen trato?

La doncella no contestó, pero según iba caminando junto a aquel muchacho y fue recordando su infancia, se dio cuenta de que él tenía razón, y su corazón siempre le había pertenecido.

4 comentarios para “El cofre de marfil”

  1. Ay! qué boniiiiiiito Lady! (Sniff Sniff).

    ¿Lo has escrito tú?

    Bueno qué importa quén lo haya escrito, es precioso.

    Dónde está mi cofre Lady, ¿quién lo tiene? :(

  2. Pues sí, lo escribí yo… jeje… a veces salen cosas interesantes de la imaginación de una…

    No sé quién tiene tu cofre, quizá alguna persona con la que no te atreves a quedar… lo has pensado??

  3. No sé de qué me hablas… me debes haber confundido con otro…

    ¿A veces salen cosas interesante? No seas modesta!

    No somos nadie…

  4. Ya, ya… claaaaro… No, no soy modesta, es que de vez en cuando escribo cosas que merecen la pena… tengo que retomar la escritura a nivel profesional… jaja!!! No, querido amigo, no somos nadie…

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